La vanidad del de arriba sobre el de abajo

El tiempo es perfecto. Así cómo el funcionamiento de un reloj o el motor de una aeronave, creados por el hombre para la satisfacción del mismo, nuestro tiempo se estableció para cumplirse de una manera tan extraordinaria que no logramos comprender; sólo hasta el momento indicado recibimos la luz que nuestro camino necesita, o en su defecto, la sombra.

El tiempo es distinto arriba y abajo: arriba las nubes corren como la corriente del río, cuando desde abajo parecen quietas como las hojas de un árbol viejo.

Abajo el tiempo es lento, parece no tener fin hasta que, claro, acaba (para unos, e inicia para otros… el maldito ciclo).

Desde arriba no existen formas, todo es etéreo y sublime. Somos nada en un todo, en el infinito. Hay belleza, hay plenitud, una multitud de colores alrededor.

Desde abajo la gravedad pesa más, se afianza de las cadenas que nos entrelazan a unos con otros y no nos dejan volar.

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Insomnio, o el sobrio vicio de mantener los ojos muy abiertos

La adictiva sensación de permanecer despierta por las noches escudriñando entre la zahúrda de mis pensamientos y la agrietada y descolorida pared de emociones que construí para evitar las piedras que alguna vez lancé al fuego y hoy se regresan directo a mi cara, cual karma en mi vida; se van clavando y agrietando más el muro, como las balas perforando el blindaje de un oscuro chaleco o mis lágrimas humedeciendo tu camisa añil de algodón. 

Y conforme el pasar de las horas, la humedad se expande al suelo y mi frente ya hecho polvo, me cubro con la desnudez de mis sentidos, me seduce el viento y me convierto en otra. 

Inhalo y exhalo un nuevo amanecer. 

 


La memoria cruel

En las mañanas me despierto por un reflejo, ese mecanismo de defensa que tiene la memoria para sobrevivir el día a día: que el amanecer viene junto con el sol, la lluvia moja las banquetas y la noche puede estar decorada con estrellas si no hay tormentas en el contexto, pero mi cotidianidad aun se tortura con una experiencia basada en mentiras, basada en la nada. 

Es como la construcción ensalitrada de una casa vieja en la playa, que se moja y desmorona milimétricamente cada que las olas golpean contra las rocas que se colocaron alrededor para intentar fortalecer la infraestructura (en vano).

Así es ese reflejo cruel, ese mecanismo de defensa que tiene el ser humano para recordar que después de la noche viene el día; asi, ese cruel reflejo, me recuerda todas las mañanas que te quise y te querré, y aunque intenta engañarme con una frase vacía, cada momento registrado en mi memoria asesina fríamente esa sensación.


La inutilidad de un sentimiento muerto

Odio ese momento en el cual me dijiste te amo por primera vez. 

Odio esa canción que una vez me regalaste y escuché en un sinfín de ocasiones. 

Odio esa banca, donde me besaste por primera vez y ese columpio donde me besaste la última vez. 

Odio tu cabello y tu insípida sonrisa. 

Odio la sensación que tus manos causaban cada que se aproximaban a mi ser.

Odio recordarte y odio también odiarte, porque me recuerda que aún después de todo, sigues en mis pensamientos (que una parte de mí aún te extraña al amanecer, aun ruega por tus besos, aun espera en silencio tu regreso, aunque sea solamente en mis sueños). 

Odio saber que a pesar del tiempo, en cuerpo y alma, aun te quiero. 

 


Medidas

A veces tocamos puertas buscando algo totalmente diferente a lo que encontraremos tras ese pedazo de metal. 

Dos miradas, por error, se entrecruzan y se incendia la ciudad.

El tiempo es clave, de haber llegado unos minutos tarde, esta catástrofe no estaría registrada como la peor de nuestra historia.

A veces tocamos puertas y no las queremos cerrar; podemos ver el monstruo dibujado en las manchas de aquella pálida cara, pero lo ocultamos con un disfraz creado sutilmente para perpetuar en este mundo lo que dos amantes pudieron causar.

El roce entre sus labios, la suave piel de sus mejillas y el calor del verano, desatan lo que con una vista hacia atrás etiquetamos como un siniestro fatal.

A veces cerramos puertas, contra viento, marea, cubriéndose de las cenizas para que dos amantes, separados por un gran trozo de metal, no se vuelvan a encontrar.

(A veces tomamos medidas desesperadas, a veces tomamos medidas extremas, que de cierto modo podrían verse crueles, pero en el fondo, lo quieran o no ver, son claramente la única manera de cerrar un ciclo para no continuar acabando con la poca fuerza que nos queda).


Unos le llaman nobleza, yo le llamo pendejez…

Días extraños. Mis últimos 300 días podrían clasificarse como la trama de una novela de Jane Austen… algo inédito, entre Ana Karenina y Orgullo y prejuicio.

Mi retorcida manera de manejar un calendario en mi cabeza, con citas y personajes, frases, lugares… como la maldita coleccionista que soy. 

“Cada crucero, cada avenida, me atormenta con un recuerdo de ti”. 

Pasar por aquella tienda de autoservicio me evoca a nuestros primeros días juntos. Aquella banca en aquel parque, el primer beso. Y en mi memoria, tu olor, tu sabor. 

Es enfermizo solamente pensar y maldecir. 

Sin embargo, el túnel oscuro donde albergaba esos recuerdos, fue invadido por tu oscuridad. No hay espacio para dos almas solitarias. 

Cede (la pendejez).


¡Oh, decepción!

La época de elecciones siempre me ha parecido la más triste. Una serie de personajes, vestidos de diferentes colores, pero con un mismo objetivo (y no es el que exclaman en sus campañas) se paran frente a las masas para invitarlos a escoger al mejor mercenario de todos, a un genocidio social que comúnmente llamamos democracia, la cual perdió sus raíces griegas y se ha tergiversado en el poder de unos cuantos sobre la mayoría que es el pueblo.

Como ciudadana me siento hastiada, los únicos sueños y deseos de un país mejor los tengo puestos en mí, porque me siento consciente de que, sí “el cambio está en uno mismo”. Sin embargo, durante el periodo de proselitismo, estos candidatos se autoproclaman como “el cambio”, y te invitan a unírseles para “actuar en pro de nosotros”, pero por experiencia de mis antepasados, tengo entendido que, en realidad, del discurso no pasan… y ya ni discurso hay.

Ahora solamente se limitan a tirarse piedras unos a los otros y cavar hoyos para el que caiga primero.

Le cambian la letra a canciones, adoptan frases y las modifican a su gusto, pero cuando llegan a la silla que buscaban, la situación antigua sigue siendo cosa actual; es decir, todo sigue igual, pese a la “evolución” de la propaganda y el uso y abuso de ciertas herramientas como lo son las redes sociales.

No obstante, considero que, a pesar de esta desgracia, vayamos a votar, porque, insisto, desgraciadamente, es la única manera legal de hacer algo, por lo menos elegir “al menos peor”.

Me considero apartidista, pero me inclino más por la izquierda a pesar de ser diestra.


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